viernes, 28 de octubre de 2011

El Cuadernito

Siempre sentí celos de aquel cuadernito. El que acarreaba por todas partes: parecía ser una extremidad más pegada a su escuálido cuerpo. Me gustaba. Me sentía importante paseándome a su lado en el parque mientras escribía. Más de alguna vez traté de leer sobre su hombro sin que se diera cuenta: no sé qué me costaba más, disimular  o descifrar sus jeroglíficos.

Me gustaba pensar que escribía tan feo porque tenía demasiados pensamientos en su cabeza. Ninguna mujer me celaba, y jamás entendí por qué. Era guapísimo, con el pelo largo, medio sucio, rasgos finos, ojos celestes y piel blanca. Era flacucho. Me gustaba pensar que no tenía tiempo ni para comer.

Me daba celos ese cuadernito. Había cambiado mi piel por sus hojas en blanco, y mis labios por una pluma con tinta negra. Al principio se lo reclamaba, después, se lo celebraba.

Verlo de arriba para abajo con ese pinche cuadernito se volvió mi pasatiempo: me ocupaba. De alguna forma me había convertido en adicta a su adicción. Sus manos, sucias de tinta, guardaban mi mundo entero, y ese cuadernito, comprimía el suyo.

Así pasamos cinco, diez, veinte años, hasta que le perdí la cuenta. Memoricé todo lo que sucedía alrededor del cuadernito. Cuando en alguna reunión social le preguntaban qué tanto escribía, él (sin levantar la mirada) se encogía de hombros y murmuraba un “cualquier cosa”.

Un día, eventualmente, el cuadernito lo consumió o se lo devoró. Lo único que pudo decir antes de tomar el último aliento, fue un “quémalo”. No tuvo que especificar, yo sabía a qué se refería. Se lo arranqué de las manos, y sentí arrancar hierba en un jardín. Me vio por última vez, y sonrió hacia su cuadernito. Murió. O lo mató ese chunche, como me gusta pensar.

Me levanté, embriagada por lo que poseía en mis manos. A paso lento y arrastrado me encerré en nuestra habitación, cerré todas las ventanas, prendí una vela y me tumbé en el suelo: en una mano un fósforo, y en otra, el cuadernito. Inhalé su esencia, y lo sentí vivo, sentado a la par mía. Me dio miedo. Cerré los ojos para no ver lo que la oscuridad escondía. Sentí que el cuadernito palpitaba, como un corazón. Me temblaban las manos.

Como guiada por el deseo, zafé la cinta que sostenía la carátula cerrada. Vi su letra. Comencé a leer, con los nervios de quien comete un crimen. Reí como loca.

Dicen que estuve allí por días. Yo no lo recuerdo. Sucumbida por el poder de poseer en mis manos aquel cuadernito, me hundí en su contenido. Lloré más que nunca. Ya no me quedaba nada por qué vivir. Aquel misterio, estaba finalmente resuelto. Me sentí vacía, sola.

Tomé los fósforos y le prendí fuego, por fin. Las llamas me seducían. Consumían todo a su alrededor. Escuchaba gritos, gente corriendo; pero yo nunca me sentí tan en paz. Bailé con el color amarillo y anaranjado. Me envolví en ellos. Pude vislumbrar por última vez el cuadernito. La tinta había causado que su llama se tiñera de negro.

Lo recordé a él, tan intrigante como el primer día que lo vi: guapísimo, con el pelo largo, medio sucio, rasgos finos, ojos celestes y piel blanca.

jueves, 20 de octubre de 2011

El cielo llora

Era una noche oscura. Más oscura que el miedo que sentía de caminar solo por aquella calle tan negra. Vi entonces a un niño jugando a media calle, y pude vislumbrar las luces de un automóvil acercándose cada vez más al niño, que parecía no notar el peligro de su juego infantil. Sin pensarlo dos veces, me lancé sobre el chico para que el carro no lo atropellara, y al levantarnos, la criatura se echó a llorar en mis brazos.

La madre del niño salió corriendo hacia mí y comenzó a pegarme y lanzarme escupitajos al rostro. “¿Es que acaso no entiende?” lloraba: “¡Este niño nació para morir así!”, y antes que pudiera asimilar las palabras de la señora, el chiquillo corrió a media calle y comenzó a jugar con un caballo imaginario. En ese instante, una camioneta lo embistió y pasó sobre el cuerpo de aquel inocente niño, partiéndolo en dos. 

Yo no pude sino echar mi cabeza entre mis manos, y llorar… llorar todo un cielo.

lunes, 10 de octubre de 2011

Café

Un hombre ensangrentado entró a un restaurante, como si nada hubiera sucedido.
Tenía la cara acuchillada y el corazón fuera del pecho. Sus manos estaban quemadas con cigarrillos, y sus ojos salidos de sus órbitas.

Impactada, la mesera se acercó y le preguntó: "Señor, ¡¿no quiere que llame una ambulancia?!"

El hombre suspiró y su corazón se contrajo por un instante, luego respondió calmado: "No se preocupe, sólo vengo a tomar café."

Y justo cuando terminó de pronunciar esas palabras, se desmoronó sobre la mesa y sus entrañas bañaron el piso del lugar.

domingo, 2 de octubre de 2011

L.U.T.O

Lluvia. Demasiada lluvia. Me empapa el cuerpo, la vida y el alma… Me empapa los sueños. Parece que el cielo llora conmigo, y mojándome las mejillas, disimula mis lágrimas.

Una manada de cuervos vuela sobre mi cabeza, formando un manto negro que oscurece todo a mi alrededor. La soledad se pinta de gris y siento que me toma de la mano, como obligándome a avanzar. Intento caminar, pero no puedo… comienzo a flotar entonces, y mi mente parece no responder, aunque apuesto estar despierta.

Veo un hoyo en la tierra: la profundidad de la muerte parece ser de unos dos metros por cincuenta, y lo suficientemente honda como para encerrar la peste que emanará su inquilino. Veo el ataúd de madera pulida, y no distingo nada más que un disfraz detrás del que se refugia una vida humillante, vergonzosa y desgastadora.

Siento el frío entrar por debajo de mi falda, y poco a poco mi piel se va erizando, mientras que una neblina amenazadora baja del cielo.

Desde hacía meses ya, en el lado derecho de mi cama, la ausencia de caricias y respiración pesaba, y sólo sentía la presencia de un esqueleto. Siempre que me recostaba a soñar, despertaba con un asqueroso olor a alcohol intentando seducir mi ya inexistente dignidad: esa dignidad que trago por trago y botella por botella iba desapareciendo silenciosamente, de la mano de mi propia vida.

Vuelvo a la realidad de mi pesadilla, tomo un suspiro, cierro los ojos, y diviso a lo lejos una imagen aterradora…una calavera sosteniendo un reloj de arena… la misma que había sido huésped impuesto en mi alcoba. La muerte se lleva conmigo la vida que ya ni deseo vivir, justo en el momento en que un grupo de mariposas negras se acerca a mí aleteando de una forma aterradora.

Sobre mi hombro se posa uno de los cuervos que antes volaban sobre mí: veo que lleva un pájaro muerto dentro de su pico, y poco a poco se va  alimentando de la ausencia de vida de su presa. Siento que se me revuelve el estómago. Con la voz entrecortada intento pedir auxilio, pero unos llantos agudos me opacan y obligan a desvanecer. Ni siquiera en su muerte puedo hacerme notar. La vida es un teatro que carcome las entrañas de sus actores.

Escucho unos pasos muy fuertes acercándose por mis espaldas. Segundos más tarde aparece ante mí un caballo negro, famélico, y a pesar de sentir lástima y temor,  veo en sus ojos la belleza que poseía en un pasado. Sin pensarlo dos veces, me monto sobre él. Galopando, me lleva rumbo a un valle desolado: la muerte, aunque ajena, es un espejo que no miente.

viernes, 30 de septiembre de 2011

Escribir

Escribo, porque si no lo hiciera, explotaría. Escribo para deshacerme de todos los sentimientos asquerosos que invaden mi ser cuando me siento triste o enojada. Escribo cuando me siento feliz y necesito compartir esta felicidad conmigo misma. Escribo para vaciarme de lo que me sobra. Escribo para sentirme llena. Escribo, porque si no lo hiciera, dejaría de existir. Escribo por sentir ese poder que todos añoramos de sentirnos dueños de otros personajes. Escribo porque quiero y porque puedo.
Hace un año, mi hermano me dio un pequeño cuaderno con forro de cuero, y desde ese día lo convertí en mi propio mundo. Escribo en él porque cuando lo hago, no existe nada más que el cuaderno, el lápiz y yo. Escribo porque todo desaparece. Escribo porque puedo sumergirme en todo lo que soy y lo que quiero ser. Escribo porque vivo. Vivo porque escribo.
Escribo porque para mí es lo mismo que respirar. Escribo porque es tan obvio para mi como el levantarme cada día para realizar mis actividades cotidianas. Escribo porque me siento libre.
Escibo porque es para mí un ejercicio que me recuerda que estoy viva y que siento. Escribo por la misma razon que como: para subsistir.
Escribo de una u otra forma, para imortalizar momentos o pensamientos, aunque el temor me invade al leer lo que ya nunca tendrá chance de morir.
Escribo por una simple razón: por inercia.

domingo, 25 de septiembre de 2011

De viento y tiempo

La luna describe al viento
el tiempo al tiempo.
El tiempo es cuestión de opiniones
y el viento, un conjunto de canciones.
El viento susurra una historia
y el tiempo la convierte en memoria.
Al tiempo le sobran ganas de descansar
y al viento las de no volar.
El tiempo y el viento quisieran coincidir,
en el encanto momentáneo de no existir.
Al tiempo le faltan ganas
y al viento fuerzas.
Viven de glorias paganas
y de inercias tercas.
Quisieran por hoy retirarse al descanso:
Pero su ideal, frustrado,
no es más que un final ilusionado.
Así que de la mano seguirán existiendo ambos,
el viento con el tiempo
y el tiempo con el viento...

sábado, 17 de septiembre de 2011

Monólogo de una mente perturbada

Hoy. Hoy será. Si no lo hago hoy, nunca será.
Lo pondré en su almuerzo. No. Muy obvio.
Tal vez en el café de la tarde.
Pero...¿En qué diablos estoy pensando? Cierto que hizo algo terrible…imperdonable…pero, ¿tengo yo derecho a hacer algo peor? Sí. ¿Acaso soy cobarde? ¿Me faltan ganas?
No. Eso estoy segura que me sobran. ¿Agallas? ¿Valor? Sí. Allí está el problema.
Pero piensa, ¡lo que hizo es un pecado!
Sí.
Pero hacer lo que tengo en mente sería uno peor.
¡Justificado!
“¡Justificado!” digo, sin pensarlo dos veces. Pero igual dirá él de lo que hizo.
No.
No me quiero poner en plan de compararme con él. ¡Con esa bestia! ¡Traicionero! ¡Malagradecido!
Le di todo, y aún así no fue suficiente para él. Tenía que hacer…lo terrible…lo innombrable…lo imperdonable.
¡Ese bueno para nada! Y ella…Ja! Ella…
Esa cosa que se hacía llamar mi amiga…
¿Juntos querían estar? ¡Pues así lo estarán cuando sus almas se pudran en el infierno por toda la eternidad!...
Junto con la mía.
¿Y la mía por qué?
Porque también yo iré con ellos, si llevo acabo mi plan.
No. Yo no me iría allí. ¡Ese lugar es para pecadores sin razón! Yo tengo una razón perfecta para envenenarlo.
“Pecadores sin razón”. ¿A quién trato de engañar? No tengo derecho a hacerlo. Sólo el que da, puede quitar. Yo no le di la vida, no se la puedo quitar. ¿O sí?
¿Acaso voy a poner en duda mis creencias?
No. Eso nunca.
Volviendo a lo importante… ¿Cómo hacerlo sin que se de cuenta? ¿Voy a poder vivir en paz, después de hacerlo? ¿Mi conciencia me dejará tranquila? ¿Podré dormir, sin soñar que soy perseguida?
Tomé la decisión…si la oportunidad se presenta, lo hago.