domingo, 2 de octubre de 2011

L.U.T.O

Lluvia. Demasiada lluvia. Me empapa el cuerpo, la vida y el alma… Me empapa los sueños. Parece que el cielo llora conmigo, y mojándome las mejillas, disimula mis lágrimas.

Una manada de cuervos vuela sobre mi cabeza, formando un manto negro que oscurece todo a mi alrededor. La soledad se pinta de gris y siento que me toma de la mano, como obligándome a avanzar. Intento caminar, pero no puedo… comienzo a flotar entonces, y mi mente parece no responder, aunque apuesto estar despierta.

Veo un hoyo en la tierra: la profundidad de la muerte parece ser de unos dos metros por cincuenta, y lo suficientemente honda como para encerrar la peste que emanará su inquilino. Veo el ataúd de madera pulida, y no distingo nada más que un disfraz detrás del que se refugia una vida humillante, vergonzosa y desgastadora.

Siento el frío entrar por debajo de mi falda, y poco a poco mi piel se va erizando, mientras que una neblina amenazadora baja del cielo.

Desde hacía meses ya, en el lado derecho de mi cama, la ausencia de caricias y respiración pesaba, y sólo sentía la presencia de un esqueleto. Siempre que me recostaba a soñar, despertaba con un asqueroso olor a alcohol intentando seducir mi ya inexistente dignidad: esa dignidad que trago por trago y botella por botella iba desapareciendo silenciosamente, de la mano de mi propia vida.

Vuelvo a la realidad de mi pesadilla, tomo un suspiro, cierro los ojos, y diviso a lo lejos una imagen aterradora…una calavera sosteniendo un reloj de arena… la misma que había sido huésped impuesto en mi alcoba. La muerte se lleva conmigo la vida que ya ni deseo vivir, justo en el momento en que un grupo de mariposas negras se acerca a mí aleteando de una forma aterradora.

Sobre mi hombro se posa uno de los cuervos que antes volaban sobre mí: veo que lleva un pájaro muerto dentro de su pico, y poco a poco se va  alimentando de la ausencia de vida de su presa. Siento que se me revuelve el estómago. Con la voz entrecortada intento pedir auxilio, pero unos llantos agudos me opacan y obligan a desvanecer. Ni siquiera en su muerte puedo hacerme notar. La vida es un teatro que carcome las entrañas de sus actores.

Escucho unos pasos muy fuertes acercándose por mis espaldas. Segundos más tarde aparece ante mí un caballo negro, famélico, y a pesar de sentir lástima y temor,  veo en sus ojos la belleza que poseía en un pasado. Sin pensarlo dos veces, me monto sobre él. Galopando, me lleva rumbo a un valle desolado: la muerte, aunque ajena, es un espejo que no miente.

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